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Cómo la elite nos hace creer que triunfa porque es inteligente y trabajadora

                                                                                                                                                                                                                                                        

EXPLICA SOCIÓLOGO ESTADOUNIDENSE SHAMUS KHAN EN CONVERSACIÓN CON CIPER

17.07.2018

Por Juan Andrés Guzmán

Las elites modernas se presentan a sí mismas como una colección de individuos talentosos y esforzados que destacan por sus méritos, no por su cuna. Con ese discurso la creciente desigualdad del mundo parece más democrática pues, en apariencia, nadie está excluido de las oportunidades al éxito y el que no lo logra tiene la culpa. Shamus Khan, sociólogo estadounidense invitado a Chile recientemente por el Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES), dice que todo eso es un mito. Que donde la elite alega mérito hay privilegio. Así lo observa en su más importante trabajo, una etnografía en un colegio donde se forma la elite estadounidense.

Los miembros de la elite chilena habitualmente explican su éxito a través del talento y el trabajo duro. Pocas veces mencionan la educación y el origen social que les abrió paso en la vida. No se oye decir, por ejemplo: “Me ha ido bien porque nací en una familia con recursos y redes. Eso me permitió estudiar en el Verbo Divino y luego en la Universidad Católica, de donde egresé sin deudas y lleno de proyectos. Esa experiencia me brindó una gran cantidad de oportunidades para desplegar mi talento y mi esfuerzo; y me facilitó salir adelante cuando me equivoqué”.

 

Hay evidencia de que la omisión de la clase social en la historia del éxito oculta cosas importantes.

El economista de Yale, Seth Zimmerman, mostró en 2013 que el 50% de los cargos más altos en las empresas chilenas lo ocupan ex alumnos de sólo nueve colegios de elite. Para el economista Ricardo Hausmann la tendencia de que los mejores puestos queden en manos de personas de un mismo origen, da cuenta de una cultura empresarial cerrada, que no da oportunidades a talentosos de otras clases. Una consecuencia de eso es que, como han mostrado Javier Núñez y Cristina Risco, la movilidad social intergeneracional es bajísima: el hijo del rico chileno tiene una probabilidad del 56% de seguir perteneciendo al 10 % de mayores ingresos, probabilidad mucho más alta que la que tienen los hijos de los ricos norteamericanos o europeos. Esta falta de movilidad tiene un correlato entre las familias pobres: necesitan seis generaciones para que uno de sus descendientes llegue a la clase media, según un reciente estudio de la OECD.

En 2014 el ex ministro Nicolás Eyzaguirre le puso rostro a la tendencia que estos estudios sugieren. Recordando su experiencia como egresado del Verbo Divino, dijo: “Les puedo decir que muchos alumnos de mi clase eran completamente idiotas; hoy son gerentes de empresas. Lógico, si tenían redes. En esta sociedad no hay meritocracia de ninguna especie”.

Eyzaguirre fue criticado por su tono agresivo y por la supuesta intención de distanciarse de su clase. Pero el mensaje de fondo no fue rebatido ni cuando pidió disculpas: en Chile, la ruta al éxito no es una avenida pública que solo exige inteligencia y esfuerzo al que la recorre; es un camino privado que pasa a través de determinados colegios y universidades. Ese camino privado permite que personas con y sin talento se encumbren.

Si el peso de la cuna se omite en la discusión pública, la alusión a la mediocridad de quienes llegan a la cima es algo que está casi en el plano de lo prohibido.

Shamus Khan, profesor de sociología de la Universidad de Columbia, lleva años estudiando a las elites y las ideas que se difunden y omiten al explicar el éxito. Hasta los años 60, explica, las elites justificaban sus privilegios por el simple y tosco derecho familiar. Las elites modernas se presentan, en cambio, como una colección de individuos talentosos y trabajadores, personas que destacan por lo que hacen, no por su cuna. “Pero esa historia del triunfo de las habilidades individuales es un mito”, dice Khan.

Su investigación más importante es el libro “Privilegio, la construcción de un adolescente de elite” (Princeton University Press, 2011), que tiene como protagonistas a los 500 alumnos del Internado Saint Paul, uno de los colegios secundarios donde se forma la elite estadounidense. Algo así como el Verbo Divino, pero con una anualidad de US$50 mil (más de $32 millones).

Khan vivió un año en Saint Paul, conversando y observando a los jóvenes en su cotidianeidad. Dijo a CIPER que en las entrevistas los alumnos destacan su pesada carga académica y argumentan que sus privilegios son el resultado del trabajo que despliegan. Pero como Khan los observa diariamente, es testigo de que se trata de declaraciones retóricas.

“Pocas veces se los encuentra con libros en las manos y cuando los tienen, están cerrados… rara vez hacen sus tareas o trabajan las lecturas; en cambio, recurren a sumarios online como Wikipedia”, escribe Khan. Agrega que los estudiantes que dicen trabajar duro y abrazar los principios de la meritocracia, en realidad pasan muchas más horas haciendo vida social que en la biblioteca. Lo peor: el investigador observa que los pocos que realmente trabajaban mucho en sus tareas académicas son acosados y marginados socialmente.

Khan no cree que los alumnos mientan al declararse resultado de la meritocracia. Piensa, en cambio, que la meritocracia es un discurso que los alumnos de elite son entrenados para repetir y valorar. Pero lo cierto es que son tan geniales y mediocres, tan trabajadores y flojos como cualquier otro grupo de adolescentes.

ENCARNAR EL PRIVILEGIO

La observación de Khan deja en el aire una pregunta clave: en sociedades que abrazan la meritocracia, ¿cómo consiguen encumbrarse a la cima los hijos mediocres de la elite?

Shamus Khan sugiere dos respuestas que están vinculadas.

La primera tiene que ver con “los méritos” que se usan para distribuir oportunidades, puestos de trabajo y premios. Las personas suelen pensar que son habilidades (ya sea innatas o aprendidas) que pueden medirse. Y, por lo tanto, parece lógico que colegios de elite y universidades sometan a prueba a los postulantes buscando quedarse con los que tendrán mejor rendimiento en los estudios.

Pero la habilidad predictora de las pruebas de selección está hace largo tiempo bajo cuestionamiento (CIPER ha publicado varias investigaciones sobre los problemas predictivos de la PSU en Chile, por ejemplo), pues lo que consistentemente reflejan es lo que los padres pudieron invertir en sus hijos. Es decir, dan cuenta del poder económico de la familia.

"Cuando se les insiste a los jóvenes en la meritocracia, ellos sienten que se merecen lo que tienen, pero también -y esa es una consecuencia muy negativa- piensan que los pobres se merecen su pobreza porque no han trabajado duro. Y entonces, se merecen el sufrimiento que implica la pobreza. Creo que es importante desafiar esa idea".

¿Por qué ocurre esto? Khan dice que las habilidades que se miden en esas pruebas de selección son aquellas con las que los jóvenes de elite se han familiarizado en sus casas y colegios. Por ello, les resulta relativamente sencillo superarlas.

-Es muy naif pensar que los meritos de un joven están desligados de los privilegios que tiene su familia. Mi educación, por ejemplo, es el resultado de mi esfuerzo, pero en gran medida de la masiva inversión de mis padres en mí -dijo Khan a CIPER.

Citando al sociólogo Pierre Bourdieu, el investigador remarca que los estudiantes que triunfan son los que se sienten en casa en instituciones que los premian por tener un tipo de comportamiento que es natural para ellos (ver Saying Meritocracy and Doing Privilege).

El segundo elemento que Khan destaca, tiene que ver con lo que hacen instituciones como Saint Paul. Su principal tarea, dice Khan, no es entregar altos niveles de matemática, lenguaje u otro conocimiento. Los saberes “duros” están disponibles para todos en internet.

Lo que no está disponible es lo que se tiene que vivir. Khan lo llama el “currículo escondido” de Saint Paul; se refiere a las cosas que no se memorizan, sino que se corporizan, como gustos, sensibilidades, códigos de conducta, rituales. Lo que permiten los colegios de elite es “corporizar el privilegio”, lo que implica sentirse cómodo con esos gustos y sensibilidades.

La única forma de meter el privilegio en el propio cuerpo es vivirlo diariamente en los espacios de la elite. Khan destaca que una vez que el privilegio se corporiza, ya no puede ser cuestionado por la sociedad como una diferencia social injusta, porque se ha transformado en una característica de la personalidad del joven de elite.

Khan escribe en su libro:

Al mirar actos aparentemente mundanos de la vida diaria, desde las cenas a los bailes y las citas, vemos cómo el privilegio se encarna en los cuerpos de los estudiantes y cómo los estudiantes son capaces de desplegar sus privilegios en sus interacciones.

Este punto es muy importante, pues la elite que abraza la meritocracia y festeja el triunfo del individuo nos dice que no importa la cuna, sino las características individuales, las habilidades, talentos y cualidades. Lo que no dice es que esas habilidades y capacidades se cultivan en lugares a los que pocos tienen acceso. Esas cualidades parecen innatas, pero son el resultado del privilegio.

Los ricos, escribe Khan, usan su dinero para comprar ventajas para sus hijos, y uno de los lugares donde las compran es en escuelas de elite. Y la ventaja moderna que estos establecimientos venden es la naturalización de la diferencia.

Khan escribe:

Los estudiantes de Saint Paul parecen tener naturalmente lo que se necesita para tener éxito. Y esto ayuda a esconder la permanente desigualdad social por la vía de naturalizar las diferencias que produce.

Esa naturalización del privilegio levanta un muro invisible entre quienes han vivido en el privilegio y quienes han memorizado esas normas. La clase alta chilena es especialmente sensible en detectar a quienes aprenden a ser como ellos sin tener la experiencia de serlo.

“A un ‘wanna be’ te lo reconozco al toque. Son tantos y tan distintos ¡son asquerosos!”, le dice una mujer de elite al sociólogo Sebastián Huneeus en su libro “Matrimonio y Patrimonio”.

“En nuestra compañía tenemos como objetivo la meritocracia, pero hasta cierto punto, porque hay códigos”, le explica al mismo Huneeus el fundador de un banco de inversión. Con “códigos” se refiere a “educación social”, a formas de hablar, modo de vestir, pautas de consumo, maneras de comer. “Cuando un tipo ha estado en ciertos colegios, esos códigos están incorporados”, dice el inversionista.

Quien tiene esos “códigos incorporados”, tiene siempre al poder esperándolo tranquilamente, reflexiona Huneeus.

Para las clases medias que creen que la formación de calidad (es decir, los conocimientos duros) es la clave que permite destacar, el énfasis que pone Khan en encarnar el privilegio puede carecer de sentido.

Pero hay evidencia de que opera con fuerza en nuestro país. Por ejemplo, el estudio de 2004 “Clasismo, Discriminación y Meritocracia en el Mercado Laboral chileno” de los economistas Javier Núñez y Roberto Gutiérrez. En esa investigación los economistas sostienen que lo que hoy llamamos “zorrón”, es decir, un alumno “de mediocre desempeño académico proveniente de una comuna y colegio de origen socioeconómico alto y dotado de una ascendencia de origen socioeconómico superior”, recibirá solo por virtud de su origen “un ingreso estadísticamente mayor que un estudiante de alto rendimiento académico proveniente de una comuna pobre y colegio público, sin ascendencia vinculada al estrato socioeconómico alto”. A este “zorrón” no solo le irá siempre mejor que al “alumno pobre y brillante”, sino también mejor que “a una amplia variedad de estudiantes de excelencia formados en ambientes socioeconómicos promedio” (ver revista Economía y Administración de la Universidad de Chile, N 147 de 2004).

LA SUERTE

Lo anterior lleva a cuestionar la idea -muy extendida en Chile- de que la desigualdad se soluciona con oportunidades.

-Ese es uno de los mitos más exitosos de la agenda de derecha, pues si no importa cuánto dinero tienen los más ricos, sino qué oportunidades da la sociedad para hacer dinero, puede parecer buena idea llevar al poder a alguien rico porque supuestamente sabrá cómo crear oportunidades -dijo Khan a CIPER.

Shamus Khan argumenta, sin embargo, que las oportunidades se ven fuertemente influidas por los niveles de desigualdad:

-Los que tienen más pueden invertir más en la formación de sus hijos y mientras más desigualdad hay en la sociedad los más ricos están en condiciones de comprar más oportunidades.

Esto genera una brecha insalvable. Khan no es el primero ni el único en subrayarla. El economista Paul Krugman ha dicho que creer que es posible dar oportunidades similares en condiciones de alta desigualdad “es simplemente una utopía irrealizable”. El economista Robert Solow, más duro, afirma que quienes sostienen que alta desigualdad y oportunidades son compatibles, son cínicos.

 “Muéstreme a un político que diga que lo que queremos es igualdad de oportunidades y no igualdad de resultados y yo le voy a mostrar a un cínico. Todos saben que usted no puede tener una desigualdad extrema y suponer que los hijos de las familias ricas y pobres tendrán iguales oportunidades. Ayuda mucho tener una buena alimentación cuando eres joven, ser cuidado, tener ropa, estar protegido, confortable, poder ir a una buena escuela y luego poder tener contactos con los padres de tus amigos cuando estás buscando trabajo… Es evidentemente ridículo suponer que una sociedad desigual puede tener igualdad de oportunidades, la gente que defiende esta idea lo sabe. Por lo tanto, están solo parloteando”, dice Solow. (Krugman y Solow abordaron estos temas en una charla sobre el libro de Anthony Atkinson, Desigualdad ¿qué podemos hacer? ver video a partir del minuto 10).

Para Khan la desigualdad siempre tiene un efecto negativo. “Incluso si usted tiene una sociedad donde todos están sobre cierto estándar de vida, la desigualdad va a seguir teniendo un efecto negativo en muchos indicadores, como la salud o la felicidad”, dice Khan.

La desigualdad extrema de la que gozan las elites que se forman en Saint Paul le parece a Khan especialmente cuestionable, pues la mayoría de estos jóvenes no tienen nada realmente particular salvo algo: suerte. La suerte de haber nacido en una familia que puede invertir en ellos introduciéndolos a instituciones como Saint Paul.

Khan lo sabe por experiencia propia pues es un egresado de Saint Paul. Su abuelo era un pobre campesino pakistaní que, para la coronación de la reina Isabel II en 1953, formó parte de una delegación que su país envió a Inglaterra para cuidar a los caballos de las tropas que iban a desfilar. Ese viaje es importante, porque en su ausencia el padre de Khan fue enviado a una escuela, lo que fue un cambio radical en la vida de un joven destinado a ser campesino. El joven era muy hábil y destacó en los estudios. Se tituló de médico y apenas pudo emigró a Estados Unidos donde tuvo una carrera ascendente hasta llegar a ser jefe de cirugía del principal hospital de Boston. Cuando nació Khan su familia podía pagarle la educación de Saint Paul.

Khan no puede dejar de ver la suerte en su historia: en la de su padre y en la suya. Y la falta de suerte en los que no llegan a dónde él está. Lo remarca con un experimento mental:

-Imagine que todos los niños tuvieran las oportunidades que yo tuve, ¿qué posibilidades hay de que yo hubiera llegado a la posición que tengo hoy? Bueno, la respuesta es que la posibilidad es muy baja, porque sin ninguna duda hay personas allá afuera mucho más talentosas. Pero en ellas no se hicieron las inversiones que sí pudieron hacer mis padres en mí -dijo Shamus Khan a CIPER.

Los estudiantes de Saint Paul, escribe Khan, “no son ingenuos y saben que no todos los que trabajan duro salen adelante” (ver Saying Meritocracy and Doing Privilege). Lo ven a diario en el personal que hace funcionar Saint Paul: las mucamas, los cocineros o los jardineros. La explicación de los alumnos para esas trayectorias de vida es que tuvieron mala suerte, tuvieron distintas prioridades o fueron víctimas de una época más injusta que estamos superando. La visión de esas vidas sin privilegios no los hace perder la fe en la meritocracia, escribe Khan.

Para Khan, en cambio, nacer en una familia con muchos recursos es como ganar la lotería. Y dado que ese factor es tan relevante en los logros posteriores, se pregunta cómo se tolera la enorme desigualdad social actual. “Premiar en forma tan distinta a los niños por algo con lo que no tuvieron nada que ver, como quienes son sus padres, no parece correcto”, explica.

-La meritocracia es clave en el imaginario de la clase media chilena. Si sacamos ese dios de su mente, ¿qué podemos poner ahí? ¿Cómo reordenamos la sociedad sin meritocracia?

-Una cosa que podríamos poner ahí es la empatía. Tener empatía con las personas que no tuvieron la fortuna que uno tuvo. Pienso que cuando se les insiste a los jóvenes en la meritocracia, ellos sienten que se merecen lo que tienen, pero también -y esa es una consecuencia muy negativa- piensan que los pobres se merecen su pobreza porque no han trabajado duro. Y entonces, se merecen el sufrimiento que implica la pobreza. Creo que es importante desafiar esa idea. Dado que hay tanto azar en juego, es difícil justificar que los que tienen mala suerte estén privados de tanto. Es bueno recordar que uno estaría en una posición muy distinta si hubiera tenido diferentes padres.

-¿Qué importancia le da al esfuerzo? Muchas familias de sectores medios logran surgir en Chile porque realizan verdaderas proezas de organización y empeño y se sienten orgullosas de eso.

-El esfuerzo es crucial. Pero lo que esas familias no logran percibir es la suerte que han tenido. Mi padre es un gran ejemplo: él era increíblemente talentoso, pero también fue increíblemente afortunado.

Shamus Khan agrega: “En Estados Unidos hay personas que trabajan muy duro. Por ejemplo, aquellos que tienen dos trabajos. Pero esos no son de elite. Y la verdad, es un mito decir que la elite trabaja muy duro. Como anécdota le podría decir las veces que he viajado en bussines (debido a que las aerolíneas me premian porque viajo mucho a conferencias) y nunca he visto a nadie trabajar en bussines: van tomando vino y viendo películas. Es una ficción ese reclamo de que la elite trabaja todo el tiempo, y lo que digo es que ese reclamo sirve para sostener que las personas son pobres porque no trabajan como ellos.

LA FRONTERA SIGUE AHÍ

Shamus Khan forma parte de una corriente de investigadores que se enfoca en la desigualdad económica y que es relativamente reciente. Hasta no hace mucho la tendencia dominante era estudiar la pobreza buscando en los pobres (en lo que hacen, en su carácter, en su educación) las causas de su situación.

¿Qué aporta de nuevo el mirar la desigualdad desde los privilegios de los ricos, si la discriminación y los privilegios son una constante en la historia del mundo y de Chile?

En su libro Desafíos Comunes, los sociólogos Kathya Araujo y Danilo Martuccelli sostienen que la novedad está en que la frustración de las otras clases se expresa en primera persona. Por extendida y común que sea la experiencia de ser perjudicado por no ser de la elite, cada uno lo vive como “algo que me pasa a mi”.

Para Khan en eso reside una de las trampas de la meritocracia. Al poner el foco en la individualidad, las categorías que describen experiencias grupales, como clase y raza, pierden “su capacidad de desafiar la desigualdad”.

Khan concluye que cuando la elite festeja la meritocracia, hace creer que las barreras sociales cayeron. Y que, por lo tanto, la desigualdad, aunque creciente, es más democrática que antes, en el sentido de que hoy nadie está explícitamente excluido de llegar arriba, nadie tiene las oportunidades cerradas. Desde esa perspectiva, los que no tienen éxito no son necesariamente los desventajados, sino aquello que fallaron en aprovechar las oportunidades que brinda la sociedad moderna.

Citando a Alexis de Tocqueville, Khan sostiene que las barreras solo han cambiado de forma, no de lugar. Y estima que con estos argumentos la elite actual resulta menos honesta que su predecesora, aquella que reclamaba privilegios por derecho de cuna.

-¿Qué futuro tiene la democracia en un contexto de creciente concentración, cuando un millonario puede ganar lo mismo que un millón de chilenos?

-El problema es muy complejo y desafiante. Para mí la principal amenaza de la extrema riqueza es que da a los ricos el poder de crear divisiones entre las personas que buscan desafiarlos. La ventaja de los ricos está en su riqueza y creo que la solución pasa por imaginar condiciones donde se imponga la ventaja de las mayorías, que está en el número.                                                                         

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