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A propósito de la Batalla de Maipú: El papel de los afro-descendientes en la independencia

Elrodriguista…

Hoy cuando hay tanto nacionalista chileno que se cree superior a los pueblos de nuestro vecinos es importante recordar que la conquista de nuestra primera independencia en los albores del siglo XIX fue con la ayuda de los latinoamericanos en especial argentinos y que entre los que lucharon por la independencia de Chile están cientos de hombre de color, algunos libertos y otros esclavos, que jugaron un papel fundamental en las batallas. Esta historias han sido silenciadas por la oligarquía que ha preferido mostrar la independencia como una obra de los criollos y criollos que no tiene nada que ver con personas de color. Con esta obsesión de la oligarquía chilena  se llegó a borrar o destruir obras de arte que expresaban la presencia de los afro-descendientes en distintas batallas entre ellas la de Maipú.

Para mayor información, El Rodriguista recopila dos artículos que detalla una parte de sus aportes.

 

¿COMBATIERON AFROCHILENOS EN LA INDEPENDENCIA DE CHILE?

http://ong-oronegro.blogspot.cl/2015/09/combatieron-afrochilenos-en-la.html

Seguramente, para muchos esta pregunta les resultará extraña. ¿Afrodescendientes chilenos en las Batallas de la Independencia?- ¿Cómo  puede ser eso, si de acuerdo a lo que nos enseñaron   en el colegio, jamás se dijo tal cosa? Pues sí, tal como se lee, en las diferentes batallas de la Independencia combatieron varios centenares de “negros” chilenos, y no solamente eso, se distinguieron como  bravos soldados. Y ellos pelaron agrupados en un Cuerpo especial  denominado  “Batallón Infantes de la Patria”.

Este Batallón, tuvo su origen en tiempos coloniales, cuando a mediados del Siglo XVIII, el Gobernador de Chile dispuso formar una guardia de milicianos voluntarios, cuerpo que tomó el nombre de “Batallón de Pardos”, con el objeto de vigilar las calles y proteger el comercio, algo así como los llamados “serenos”. Esta milicia se formó exclusivamente  con  afrochilenos mestizos, que  eran civiles que se  desempeñaban en labores de comercio y artesanía, como zapateros, barberos, sastres y similares. Para estos ciudadanos, hombres libres afrodescendientes, era una forma de subir en la cerrada jerarquía social de aquellos tiempos, aunque tuvieran que costearse en forma personal su equipo y armamento. La oficialidad fue al comienzo de ciudadanos españoles de las llamadas familias patricias, pero con el tiempo fueron comandados igualmente por oficialidad afrochilena. Y además  de su trabajo normal de guardias cívicos, empezaron a reemplazar a los soldados de línea, cuando por alguna emergencia, éstos debían de salir de Santiago, trabajo que desempeñaron  en muchas ocasiones.

Con la llegada de los aires de la Independencia, este Batallón pasó a denominarse  “Batallón Infantes de la Patria” y luchó bravamente en muchos de los combates y batallas, bajo las órdenes principalmente de José Miguel Carrera. En 1813, el Gobierno oficializa la disposición del cambio de nombres:

Teniendo en consideración el Gobierno que la verdadera distinción de los ciudadanos, sólo deben formarla el mérito y las virtudes; que el batallón denominado de Pardos ha dado y está dando las más heroicas pruebas de su amor a la Patria, y del generoso entusiasmo y esfuerzos con que se halla dispuesto a sostener la causa de nuestra libertad, y finalmente que la Patria no debe permitir que ciudadanos tan nobles se distingan con título alguno que suponga diferencia entre ellos y los demás cuerpos del Estado, ha venido en decretar:

1. ° El nombre de batallón de Pardos queda para siempre abolido en el territorio de Chile. Los militares se emplean todos en la defensa de la Patria, y ella sin distinguir de condición los aprecia igualmente, no teniendo consideración sino a sus virtudes.

2. ° El batallón que hasta ahora se ha conocido con este título, se denominará en adelante batallón de Infantes de la Patria.

3. ° .Este decreto se circulará, y hará notorio a todos los jefes y cuerpos militares; se publicará por la plaza y se imprimirá.

Dado en la sala de Gobierno de Santiago de Chile, a 25 de Abril de 1813. - Francisco Antonio Pérez - .José Miguel Infante - .Agustín de Eyzaguirre - .Mariano Egaña, secretario.

 Después del desastre de Cancha Rayada, le correspondió proteger junto con otras tropas la emigración de patriotas a Mendoza, donde  los sobrevivientes del Batallón  entregaron su pabellón de combate a las autoridades. Integrados posteriormente en los cuerpos del Ejército de Los Andes, al mando de San Martín, tomaron parte en las Batallas de Chacabuco y de Maipú. También en ese ejército combatieron los Afroargentinos, formados en dos batallones, el 7º y el 8º al mando de  sus jefes, Conde y Cramer.

José Romero un  héroe afrochileno en la Independencia.

Romero había nacido en 1794, era hijo de un blanco de la clase alta con una mujer negra. En 1807 ingresó al Batallón Infantes de la Patria, como “tambor”. Se quedó definitivamente en el Ejército después del Cabildo Abierto de 1810.

En 1813, sale bajo las órdenes de Carrera, a la lucha contra el español General Pareja, que cuenta con numerosas tropas y el apoyo de los habitantes de Chiloé, a los que les ha prometido una campaña rápida y un buen botín de guerra para que se enrolaran en su bando. Años más tarde Romero dijo del General Carrera: “nos entusiasmaba con el fuego de su palabra y con su energía de capitán””

El bautismo de fuego le llega a Romero en el Combate de San Carlos, el día 15 de Mayo. Allí se comportó con bravura, “mirando con serenidad el peligro” según las palabras de Carrera. Tras esa primera acción, vinieron muchas más: el sitio de Talcahuano, la captura de la fragata española Santo Domingo de Guzmán, donde fue el primero en abordarla; Se distingue después en el Sitio de Chillán, con un arrojo increíble al penetrar en la ciudad con siete soldados. Más adelante pelea en el Combate de El Roble. Después de la Batalla de Chacabuco, Romero se reintegra al Ejército Patriota, con el grado de Teniente Segundo. Participa en la recuperación de Concepción y asciende a Teniente Primero. Después viene el combate decisivo: Maipú. En ese encuentro entre realistas y patriotas participa activamente el Batallón “Infantes de la Patria”. El historiador Vicuña Mackenna se refiere a este Batallón con las siguientes palabras: “Este Batallón….se cubrió de gloria con aquella maniobra salvadora” en relación a la actuación de los Infantes en el ataque.

Durante su vida civil  se destacó por sus obras benéficas y filantrópicas, por lo cual fue muy querido por la gente y muy lamentada la noticia de su fallecimiento, ocurrido cuando contaba con 64 años de edad, el 28 de Marzo de 1858. 

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Esclavos negros y negros libres, los otros soldados de la independencia

https://www.urgente24.com/254004-esclavos-negros-y-negros-libres-los-otros-soldados-de-la-independencia

José de San Martín utilizó mucho soldados negros en sus ejércitos, quizá porque había escuchado acerca de la valentía de los combatientes negros durante las invasiones inglesas. Pero no fue el suyo el único ejército sudamericano que utilizó, sin duda por extrema necesidad, recurrir a esclavos, negros libres, pardos y mulatos para alistarse en la milicia. En ciertas ocasiones se les ofrecía la libertad futura, aunque en muchas ocasiones no se les cumplió la promesa. Historias de heroísmo y también de traiciones se fueron acumulando mientras sangre de africanos regaba los campos de batalla. Peter Blanchard es el autor de “Under the Flags of Freedom - Slave Soldiers and the Wars of Independence in Spanish South America” (“Bajo la bandera de libertad - Soldados esclavos y las guerras de independencia en la Sudamérica española”). Aquí el capítulo 1, titulado “Una tradición histórica”.

Los batallones 7 y 8 del Ejercito de los Andes estaban formados por negros y muchos murieron en las batallas de Chacabuco y Maipú. San Martin después de Chacabuco, observando soldados negros muertos en esa batalla exclamo: "¡Pobres mis negros!"

"Sólo nos puede salvar el poner a todo esclavo sobre las armas".
José de San Martín, 12 de Mayo de 1816. 

 por PETER BLANCHARD

La guerra había sido liberada a través de la mayor parte de la Sudamérica Española por tres años cuando un esclavo con el nombre de Francisco Estrada se presentó ante una corte de Buenos Aires en 1813 para pedir por su libertad.

Él basó su pedido en un ofrecimiento hecho dos años atrás por el comandante de un ejército revolucionario de Buenos Aires que había invadido al vecino “la Banda Oriental” (actualmente Uruguay). El comandante había declarado que cualquier esclavo perteneciente a un español y viviendo en Montevideo (aún mantenido por las fuerzas reales) sería liberado al unirse a sus fuerzas.
En el momento de la invasión, el dueño de Francisco le había instruido que se fuera de San José y se dirigiera a Montevideo.

En lugar de eso, Francisco, junto con su mujer e hijos, se unieron a los invasores. Él elocuentemente citó: “Nosotros vimos el momento oportuno para posicionarnos bajo la bandera de la libertad… Escogimos el generoso sistema de la Patria, cantamos el himno de la libertad, y unimos nuestros deseos, nuestros corazones, a los sagrados principios del justo sistema de la libertad. Juntos renunciamos por siempre y con indignación a aquel cruel, infeliz y desorganizado gobierno que degrada a los hombres y se rehúsa a permitir a aquellos que son llamados esclavos a reclamar, de así desearlo, los derechos de humanidad”.

A que se refería Francisco con “banderas” no es del todo claro. ¿Se refería a los colores del batallón y regimientos que para entonces jugaban un rol central en las maniobras de las tropas durante la batalla? ¿Se refería específicamente a la bandera de la Buenos Aires revolucionaria que prominentemente mostraba un gorro frigio rojo implicando la libertad? ¿O estaba haciendo una alusión más metafórica, con la bandera representando tanto la causa de la libertad política como la promesa de la emancipación personal, la cual para 1813 se había vuelto estrechamente entrelazada con el auge de la propagación de la insurrección?

Su significado sigue siendo de alguna forma un misterio y, desafortunadamente para Francisco, su apelación para la libertad permaneció en duda ya que su dueño desafió su pedido y demandó que volviera. Sin embargo, sus palabras expresaron un sentimiento común entre la población de esclavos americanos españoles de la época:Deseaban ser libres, y las guerras creaban oportunidades sin precedentes para conseguir ese objetivo.

Miles de esclavos, como Francisco, se encontraron a sí mismos luchando en lo que fue la más cara movilización de esclavos negros para propósitos militares durante el período colonial. Tomaron parte de las luchas de la independencia que tuvieron lugar cronológicamente durante los años 1808 a 1826 y, en el caso de la Sudamérica Española, se extendía geográficamente por el largo total del continente del norte al sur a través del virreinato de Nueva Granada, Perú y el Río de la Plata.

En muchas áreas la contribución de los esclavos resultó ser vital para aquellas luchas, a pesar de que esto sólo atrajo una limitada atención de parte de los historiadores de estos eventos. George Reid Andrews, Núria Sales de Bohigas y Peter Voelz están entre los pocos que han puesto a estos soldados en el centro de sus trabajos. Esta negligencia es sorprendente, ya que referencias de la involucración esclava aparece en memorias de la guerra, y su relación atrajo la atención literal y artística en las décadas posteriores a la independencia.

Una de las más conocidas es la historia de “el Negro Falucho”, famosa por el presidente, soldado y escritor Bartolomé Mitre. Él cuenta la historia de un heroico soldado negro de Buenos Aires quien en 1824, mientras servía a las fuerzas patriotas en el puerto peruano de Callao, se rehusó en principio a participar de un motín militar, y a honrar la bandera real que estaba siendo alzada en el fuerte. Su resistencia lo llevó a que lo ejecutaran, pero antes que disparasen los mosquetes, él proclamó con su último aliento: “¡Viva Buenos Aires!”.

Hoy en día, la visión general es que, mientras un soldado negro puede haber participado en resistirse al motín, la muerte noble fue una creación de la imaginación de Mitre. Sin embargo, su elección de un héroe negro para representar al emergente nacionalismo argentino es interesante.

Una interpretación artística de un tema similar puede ser apreciada en el Museo Histórico Nacional en Santiago, donde entre muchas de las exhibiciones ilustrando la colorida historia chilena, hay una pintura bastante llamativa titulada “La Batalla de Chacabuco”, de José Thomas Vandorse. Completada en 1963, presenta una imagen de la batalla peleada fuera de Santiago el 12 de Febrero de 1817, la cual terminó con la victoria de las fuerzas invasoras patrióticas bajo el comando del general José de San Martín. Las banderas celeste y blanca volaban por encima de las columnas de soldados avanzando por la izquierda, claramente indicando el origen de Argentina. Pero lo que es más interesante de la pintura es la carrera de los soldados. Mientras los oficiales montados son blancos, virtualmente todos los soldados rasos son negros. Esto muestra, 46 años después del evento, en la mente de una persona al menos, el éxito de los patriotas descansó sobre la espalda y habilidad de soldados negros.

Ellos no eran algo nuevo para la América Española. Habían sido parte de la historia militar de la región desde la conquista española en el siglo 16. Pero la escala del servicio esclavo militar durante el período de independencia fue sin precedentes. Previamente su participación en las fuerzas militares coloniales había sido condicionado por las preocupaciones en armar a hombres esclavizados.
Sin embargo, mientras la guerra crecía y la necesidad de soldados aumentaba, estas preocupaciones fueron convenientemente ignoradas o minimizadas, y miles de esclavos en los tres virreinatos se encontraron de repente en las fuerzas armadas luchando tanto para los patriotas como para la realeza. No eran preferidos por sobre ningún otro grupo enrolado; de hecho, la oposición de reclutar a los esclavos estaba en casi todas partes.

Sin embargo, los esclavos vinieron para servir, y en números que excedían bastante el porcentaje de la población general.

Por ejemplo, de los soldados reclutados en Ecuador, de acuerdo con Sales de Bohigas, el 30% eran esclavos. También es cierto que se unieron a ejércitos que eran relativamente pequeños para los estándares europeos. Mientras que un cuarto de millón de soldados lucharon en la batalla de Waterloo en 1815, para 1817 en la batalla de Boyacá, la cual decidió el destino de Colombia, la realeza tenía un ejército de 2.700 hombres contra los patriotas que tenían 2.800; en Ayacucho, la batalla que concluía la guerra de la independencia, 6.000 hombres del bando de los patriotas confrontaron a 9.300 soldados de la realeza.

En muchos casos, los reclutas esclavos determinaban la diferencia entre el éxito y el fracaso militar. Sin su involucramiento, la causa patriota en particular hubiese sido debilitada enormemente, y la lucha por la independencia hubiese tomado más tiempo, probablemente con una diferente trayectoria, y consecuentemente con un diferente resultado.

La insaciable necesidad por soldados durante la extensión del conflicto era la obvia razón del reclutamiento de esclavos, pero también jugaron otros factores. En un 1er. vistazo, los esclavos parecían no ser el tipo de soldado ideal. Los comandantes deseaban tropas veteranas disciplinadas, acostumbradas a los rigores y demandas de una vida en el ejército y que requiriesen poco entrenamiento.

El libertador Simón Bolívar, con nostalgia, escribió acerca del enemigo español, “lo peor es que todos están divinamente disciplinados”.

Una de sus soluciones era contratar a mercenarios extranjeros, veteranos de las guerras Napoleónicas. Sin embargo, los veteranos europeos no estaban disponibles en números necesarios, y aquellos que venían, generalmente les faltaba la experiencia deseada y podían traer más problemas de lo que resolvían.

Incluso la corona española no era capaz de proveer suficientes veteranos españoles para sus necesidades militares en las colonias, en parte debido a la situación en la propia casa y en parte a causa de la logística de mover grandes números de tropas a través del Océano Atlántico.

En 8 años sólo mando 41 mil soldados para lidiar con las insurrecciones a través de toda la América Española. Como consecuencia de esto se vio forzado a confiar con los locales.

A los nuevos reclutas esclavos podrían faltarles el entrenamiento militar de los veteranos, pero a diferencia de otros sectores de la población, al menos estaban acostumbrados a la disciplina. Y tenían otras atracciones: estaban disponibles, tenían la edad adecuada, y los esclavos nacidos en África tenían una reputación de experiencia militar ganada en su tierra natal.

Más aún, los esclavos (otra vez, a diferencia de otros sectores de la población) eran considerados propiedad y por esto podían ser comprados y forzados a servir por una cierta cantidad de tiempo.
De una importancia igual estaba el hecho de que podían ser enviados a luchar a una región lejana de sus hogares, una situación que otros sectores de la población frecuentemente resistían. En retorno al favor, ellos recibían su libertad personal.

Las autoridades esperaban que esto no sólo asegurara la necesidad de reclutas sino que también creara sentimientos de lealtad a sus emancipadores que los comprometiera a cumplir su periodo de servicio preestablecido y que en el proceso desarrollasen las habilidades de un soldado veterano. Estos podrían ser convencidos a re-enlistarse.

Por otro lado, el statu-quo de esclavo como propiedad creaba ciertos problemas, ya que la corona y los nuevos criollos o los blancos gobernantes nacidos en América permanecían comprometidos a defender los derechos de su propiedad.

Con frecuencia recurrían a reclutar esclavos, pero ellos seguían sintiendo una obligación de compensar a sus amos, y el dinero generalmente escaseaba.

Afortunadamente para los reclutadores, muchos dueños estaban dispuestos a venderlos por menos del verdadero valor del esclavo o por la promesa de una futura compensación. Algunas veces esto estaba fuera del sentido de la lealtad, pero también era a causa de que en muchas partes de la América Española los esclavos no eran absolutamente esenciales para las actividades económicas locales y, consecuentemente, estaban disponibles.

En otros casos, el interés de los dueños podía ser ignorado, mayormente si apoyaban el bando enemigo. La propiedad era considerada una multa, y sus esclavos podían ser expropiados y asignados a cualquier tarea que sus nuevos dueños escogieran, incluyendo el servicio militar.

Jugando un rol en el reclutamiento de esclavos estaba la presión intelectual de la época. Reclutar y liberar esclavos satisfacía las creencias iluminadas de algunos líderes independistas. Su objetivo primordial era la libertad política, pero pocos llegaron a la idea de que una verdadera emancipación no podría ser lograda mientras que un sector de la sociedad permaneciera en la esclavitud. Libertad a cambio de servicio militar, por ende satisfacía varios intereses, y el ataque a las instituciones de la esclavitud se volvió una parte de la lucha de la independencia.

De hecho, la expansiva participación de esclavos desató un anticipado y no querido movimiento social en el medio de la lucha política.

Mientras que la mayoría de los esclavos que servían eran traídos o donados por sus dueños, un gran número tomó ventaja de la situación para actuar por su cuenta: escapándose, aclamando ser libres, uniéndose a uno de los ejércitos, e incluso rebelándose.

Algunos pueden haber respondido a los sentimientos de lealtad de un bando o el otro, pero la mayoría era atraída por el ofrecimiento de alcanzar lo que hasta el momento parecía ser un objetivo inalcanzable: Libertad personal.

Los reclutadores afilaban sus esperanzas con esta oferta, y a los nuevos forajidos quienes se enlistaban se les garantizaban su libertad promoviendo un estímulo para que los demás hicieran lo mismo.

Los esclavos, usando la frase de Carlos Aguirre, se volvieron “agentes de su libertad”. Al liberar miles de esclavos, reclutar esclavos durante las guerras de la independencia tuvo repercusiones sociales adicionales. Redujo el número que seguían con la esclavitud ayudando a debilitar el pilar del sistema. Al mismo tiempo, un torbellino de legislaciones anti esclavitud  que estaba diseñada para ganarse el apoyo de los esclavos para la causa de seguir socavando la institución.

El ataque legislativo, junto con los esfuerzos de reclutamiento, y el creciente compromiso del concepto de libertad, se levantó en grandes sectores de la población de esclavos. En palabras de John Lombardi, los esclavos “descubrieron una sensación de poder durante esos años ya que los ejércitos contendientes pretendían su apoyo”.

Los reclutas usaban su conexión con la creciente influencia militar para conseguir una mejora en la situación de familiares que seguían en esclavitud, mientras que aquellos que no estaban en servicio, tanto hombres como mujeres, usaron la circunstancia cambiante para tratar de mejorar la suya.

Mientras continuaba la guerra, los esclavos se volvieron más agresivos y demandantes, levantando futuras preguntas sobre el futuro de la esclavitud. En una de las ironías de la historia de América Latina, la maldad de la guerra ayudó a socavar la maldad de la esclavitud.

Sin embargo, la institución sobrevivió. Excepto en el caso de Chile, donde la abolición ocurrió en 1823, la esclavitud siguió siendo muy importante y los esclavistas demasiado poderosos para que el sistema desaparezca para la época. Temiendo el malestar social y guerra racial, las elites actuaron para asegurar que sus intereses estaban protegidos.

Tal como escribió John Lynch, “Durante las revueltas populares de la guerra de independencia, mientras no fueron exitosas, fueron lo suficientemente amenazadoras como para obligar a los criollos a ajustar su agarre en la revolución”.

Donde involucrase a esclavos, los reclutadores debían ingeniarse como movilizar a los esclavos sin desatar un malestar racial y una lucha abolicionista que podría llegar a perder el apoyo de los esclavistas. Su solución, en general, era llegar a una política de gradualismo, usando la legislación para desgastar la esclavitud sin destruirla. Tuvieron éxito en gran parte.

En esto eran asistidos por los mismos esclavos, quienes estaban preparados para arriesgar su vida por su propia libertad pero no a atacar a la esclavitud como una institución.

En gran parte esto se debía a que ellos, tal como otros sectores de la sociedad, se encontraban en ambos lados de la lucha. Muchos permanecían fieles a la corona, considerando que esta era más capaz de defender sus intereses. Los esclavos, consecuentemente, tomaban decisiones mientras la guerra de desenvolvía, pero en lugar de unirse por la causa común de la lucha contra la esclavitud, luchaban los unos con los otros en ejércitos opuestos. Peleaban los unos con los otros, y se mataban los unos con los otros.

Por ende, mientras las acciones de los esclavos en las guerras de la independencia debilitaban sin dudas la esclavitud, otra generación que pasaría por la institución finalmente la vería abolida en todas las ex colonias terrestres españolas.

Los esclavos que lucharon eran descendientes del estimado millón que había sido traído de África a la América española desde el principio del mandato español. Importados principalmente como reemplazo de fuerza laboral de la decreciente población aborigen, ellos pueden no haber venido para ocupar el rol económico central, tal como sí lo hicieron en Brasil, las islas caribeñas, y el sur de los EE.UU., aún así fueron de mucha importancia en la economía americana española, y vital en algunas áreas.

En común con el patrón de la esclavitud mobiliaria en otras partes de América, varios miles fueron asignados a trabajos rurales en las plantaciones de azúcar y viñedos de Perú, estados de cacao y azúcar de Venezuela, granjas de tabaco y cacao de Ecuador, ranchos de ganado de Argentina, Uruguay y Venezuela, y minas de oro colombiana. También eran prominentes en los sectores urbanos.

Como Frederick Bowser escribe, a principios del Perú colonial “los negros eran más visibles como criados y sirvientes domésticos en muchas áreas urbanas a lo largo de la costa y en muchas áreas del interior”.

En Argentina, de acuerdo a Tulio Halperín-Donghi, ellos eran un “predominante grupo urbano”, mientras que en Venezuela la concentración de esclavos era localizada dentro y a los alrededores de Caracas. En los centros urbanos ocupaban  una variedad de trabajos que demandaban o no cierto nivel de habilidad, aparte de servicios domésticos.

En Buenos Aires, por ejemplo, trabajaban en puestos de artesanos como zapateros, fabricantes de sombreros, joyeros, panaderos,  barberos y sastres. Eran empleados en fábricas de azulejos, trabajaban como dentistas, cuidaban animales y eran involucrados en todos los aspectos de transporte.

En este vasto y variado continente, los respectivos sistemas de esclavitud diferían de acuerdo a la región y actividad económica, pero, como en todas las sociedades esclavistas americanas, eran un rasgo común. Más notablemente, los esclavos debían hacer frente a una institución  que era inherentemente brutal y deshumanizante. En todos lados eran considerados propiedad y tratados como tal, para que cualquier estabilidad que pudieran haber alcanzado en su vida pudiera ser fácilmente irrumpida vendiéndolos o asignándolos en otro lugar.

En todos lados eran objeto de un duro trato y castigos. Esclavos rurales, a fines del Perú colonial, se reportaron de haber sufrido en particular, ya que sus dueños trataron de recuperar su inversión tan rápido como era posible.

En Quito, el latigar, hacer sufrir hambre y otros maltratos a jóvenes esclavos promovió el comentario en 1811 que a pesar de los esfuerzos de la corona para suavizar la servitud tranquilamente, había todavía“hombres que en un insulto a la religión y a la humanidad misma”trataban a los esclavos “con todo el rigor y la crueldad de los antiguos romanos. Considerándolos bestias o individuos de otra especie”, tales dueños sacrificaban a los esclavos “por el barbárico placer de verlos morir devorados por las fieras en los circos y anfiteatros”.

Incluso en Buenos Aires, donde la esclavitud a fines del periodo colonial era describía como “suave” a los esclavos se los designaban a “las menos deseables, más degradantes, insalubres y menos pagos trabajos”, con pocas posibilidades de mejorar su vida. No solo eso, sino que las condiciones de los esclavos en algunas áreas se estaban deteriorando a principios del siglo 19 como resultado de problemas económicos locales, altos precios de esclavitud, y otros desarrollos, incluyendo un alto aumento en la población de esclavos.

El cambio del perfil demográfico de los esclavos fue producto de la expansión del comercio de esclavos a fines del periodo colonial, un aspecto de este amplio aspecto de las reformas administrativas y económicas introducidas por la corona comenzó a mediados del siglo 18 en un intento de reafirmar el control en las colonias e incrementar sus retornos financieros.

Para llegar a las necesidades laborales de la anticipada expansión económica, el comercio de esclavos fue abierto a todas las naciones en 1789, lo cual resultó en un ingreso de esclavos africanos. Tal vez un quinto de todas las importaciones coloniales de esclavos ocurrió después de ese año. En el sur, un estimado de 45 mil fueron importados traídos de Buenos Aires entre 1750 y 1810 para la venta tanto en la ciudad  como en el interior. Otros 15 mil pasaron a través de Montevideo después de 1770. Del otro lado del continente, 1.500 africanos fueron introducidos en Perú anualmente entre 1799 y 1810 de Buenos Aires hacia Chile.

En el norte, en Venezuela, más de 26 mil fueron importados legal e ilegalmente después de 1770. Consecuentemente a principio de las luchas por la independencia, el número de esclavos rondaba los 30 mil  en el virreinato del Río de la Plata, 78 mil en Nueva Granada (la actual Colombia), alrededor de 40 mil en Perú, y otros 6 mil en Chile. Y mientras que el porcentaje de la población total colonial permanecía pequeña; ningún lugar de la Sudamérica española excedía mas del 10%; su continua concentración en ciertas regiones y en centros urbanos añadía peso a su número.

Así, aunque el comercio de esclavos fue parado a principio del siglo 19 en respuesta a las directivas de la corona y las disrupciones de las guerras Napoleónicas decenas de miles habían llegado recientemente, y muchos de ellos todavía recordaban lo que era ser libres.

La libertad, sin embargo, para aquellos recién llegados y para los esclavos nacidos en América, era una comodidad escasa. Las oportunidades eran inseguras y en muchas áreas virtualmente imposibles de realizar, a pesar de que ninguna barrera absoluta impedía a los esclavos asegurar su libertad, como la considerable población de negros libres y mulatos; o pardos como eran llamados en otras regiones.

En partes de Venezuela, oportunidades de manumisión crecían a fines del periodo colonial, para los esclavos que trabajaban como encargados en los expansivos estados de cacao eran recompensados  por varios años de servicio con la libertad, y muchos esclavistas liberaban a sus esclavos a voluntad. Pero esto parecía ser la excepción.

En Buenos Aires, con su “suave” sistema, por ejemplo, manumisión era tolerada pero no alentada por tanto la Iglesia o el Estado. Cuando ocurría, tanto aquí como en otras partes, más las mujeres que los hombres eran beneficiados, e involucraban generalmente a esclavos que compraban o se les concedía libertades condicionales a cambio de años adicionales de servicio que aquellos esclavos que recibían su libertad de inmediato.

En todos lados los esclavos tenían el derecho de auto comprarse, pero había dificultades en acumular los fondos necesarios. En Buenos Aires, las mujeres tenían mayor acceso al efectivo que los hombres, pero el ahorrar la suma de 100 pesos era descrito como “un obstáculo insuperable”, y el precio de las mujeres era bastante mayor a este monto.

El precio de los hombres esclavos era similarmente alto: el precio promedio para los jóvenes esclavos hombres a principios del siglo 19 en Buenos Aires y Lima era 300 pesos, y muchos se vendían por bastante más. Esos precios se alzaban aún más después de las disrupciones al comercio de esclavos a finales de los años del periodo colonial, llegando a unos 650 pesos en algunas áreas.
Por esto, a pesar de que unas nuevas formas de comprar la libertad de uno, como la compra gradual de uno con el tiempo, fue introducida, y la capacidad ahorro de los esclavos parece haber aumentado en los años de declive del mandato colonial, las puertas de la libertad permanecían firmemente cerradas para la mayoría. En Buenos Aires, la manumisión puede haberse aumentado a fines del periodo colonial, pero para 1810, aquellos liberados seguían constituyendo sólo el 1.3% de la población. En la provincia de Caracas la cifra era más alta pero menor al 5%.

Con la explotación un hecho de la vida y la manumisión algo raro, los esclavos América españoles respondieron, como en todos lados, haciendo frente en varias formas de resistencia pasiva y activa. Haciendo esto demostraron una habilidad de sobrellevar los numerosos factores que los dividían, tales como lugar de nacimiento, identidad étnica, lugar de trabajo y ocupación, como también las acciones de los dueños y oficiales locales.

Dos cosas que los unían eran su estado legal único y su identidad racial. Así, también, su deseo de establecer lazos biológicos y familiares que vincularan las comunidades negras y mulatas. Su lugar de trabajo podía fomentar lazos  también, especialmente la naturaleza “de banda” del trabajo en plantaciones y minas. Tales lazos de solidaridad en los lugares de trabajo pueden haber sido menos común en los centros urbanos, pero se podía hacer contacto en las calles, plazas y mercados. Igualmente importante eran las organizaciones y asociaciones, algunas con raíces Africanas, que vino para incorporar a muchos miembros de la comunidad negra, tanto esclava como libre.

Especialmente notables eran las religiosas hermandades o cofradías que aparecieron a principios del periodo colonial bajo los auspicios de la iglesia con el propósito del cuidado de una iglesia o una imagen religiosa en particular. Estas eran originalmente establecidas a lo largo de líneas étnicas o de raza africanas, pero gradualmente ampliaron su membresía para incluir a esclavos y a libres, negros y mulatos, africanos y nacidos en América. Recolectaban dinero para pagar por los funerales de sus miembros y en algunos casos para pagar su libertad, aunque los beneficiarios eran pocos en número.

En otras palabras, los esclavos no estaban aislados del resto de la comunidad. Lograron juntarse, socializar, intercambiar noticias, información y rumores. Usaron la oportunidad de establecer su identidad y proteger sus intereses, y estos mismos activistas crearon e entorno donde podían considerar y planear más formas activas de resistencia.

La agitación esclava ha sido parte de la vida colonial desde la época de las primeras llegadas y parecía intensificarse en los años menguantes del imperio como resultado de las disrupciones de la era. Las reformas económicas y administrativas que antagonizaron varios sectores de la población colonial, la expulsión en 1767 de los jesuitas (quienes eran uno de los principales esclavistas de la región), y el ingreso de nuevos esclavos, todo sirvió para provocar una respuesta. Buenos Aires pudo haberse salvado de mucho malestar de esclavos, pero no fue el caso en otros lugares.

Por ejemplo, los esclavos eran atraídos a las mayores rebeliones que ardían en la región andina a principios de 1790. El número que participó en las rebeliones Túpac Amaru y Túpac Katari en Perú y el alto Perú (actualmente Bolivia) fue pequeño, pero los rebeldes ofrecieron liberar a cualquiera que se uniera a su causa y su emisión de decretos de abolición no pasó desapercibida. Los rebeldes comuneros en Nueva Granada liberaron un pequeño número de esclavos y atrajeron muchos otros. En ambas áreas la rebelión fallo, pero las consecuencias del malestar de los esclavos parecieron haberse esparcido, en grandes números en Nueva Granada se reportaba que huían de sus dueños, estableciendo comunidades entre aquellos que se escapaban (palenques), y enfrentándose a conspiraciones. La corona lo reconoció y trató de dirigirse a la fuente de insatisfacción, pero estos esfuerzos pueden haber solo exacerbado el problema.

En 1784 aprobó pero nunca promulgó el nuevo código para esclavos que ofrecía algunas protecciones para la población esclava. Cinco años después, cuando finalmente emitió un documento que incorporaba muchas de estas reformas, la oposición de oficiales coloniales y muchos dueños de esclavos previnieron su implementación y la condujeron a su rápido retiro. Esto activó una nueva ronda de protesta y violencia, ya que los esclavos creían que se les había sido negada su oportunidad de mejorar su situación.

El miedo a los esclavos y su agitación siempre existió en las colonias y era un factor que limitaba el número de importaciones a través de los años. Esos miedos intensificados con el último malestar colonial, y después llegaron a un nuevo plano con el brote de rebeliones de esclavos en la colonia francesa de Saint Domínguez en 1791. Llevando eventualmente a la destrucción de tanto la esclavitud como el mandato francés en las islas caribeñas y el establecimiento de una república negra en Haití, los sangrientos eventos en las revoluciones que ocurrieron allí claramente demostraron que los esclavos podían ser una fuerza revolucionaria; un pensamiento terrorífico para proponentes de regímenes esclavistas a través de las américas.

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A finales del siglo XVIII Saint Domingue era una sociedad 80% esclavos, una comunidad mulata libre pero sin derechos, blancos que abusaban de su poder y la metrópoli sumida en un baño de sangre revolucionario: insostenible.

Aunque los historiadores modernos discrepan sobre el impacto del ejemplo Haitiano y sus antecedentes revolucionarios americanos y franceses entre los esclavos en la América española, los élites locales de la época parecían convencidos de que las ideas radicales estaban circundando y que los esclavos respondían a ellas.

La mayoría de ellos invariablemente culpaban a los eventos de Haití por los subsiguientes levantamientos de esclavos y sus conspiraciones. Más amenazante era el levantamiento Chirino de 1795 en Coro, Venezuela, la cual involucró a esclavos y libres negros quienes imitaron los eventos en Francia y Saint Domínguez llamando a una emancipación.

Dos años después la costa norte de Venezuela era otra vez la escena de agitación como resultado de la conspiración de Manuel Gual y José María España contra el mandato español. Este movimiento, también, hizo referencia a los derechos de los hombres y llamó a la abolición de la esclavitud, atrayendo a esclavos y milicia negra a quienes los conspiradores planeaban armar y transformar en una milicia revolucionaria.

Otras agitaciones de esclavos ocurrieron en partes de Nueva Granada, como también en Perú, donde estados costeros fueron particularmente afectados. Añadiendo a la confusión y proveyendo más indicaciones de que la des satisfacción de esclavos era una explosión en el número de quienes se escapaban, un producto, tal vez, de la reciente importación de grandes números de recientemente esclavizados hombres jóvenes africanos.

En Venezuela al final de la era colonial, una increíble cantidad de entre 30 y 40 mil esclavos fueron reportados de haberse escapado. Aunque el número fue probablemente exagerado, esto indicaba la falta de control sobre los esclavos locales, como también el deseo de ser libres. En la Banda Oriental, los esclavos también estaban escapándose y formando bandos, y los oficiales locales acusaban a los tripulantes negros de barcos franceses de esparcir ideas revolucionarias francesas.

Ninguno de estos desarrollos igualó la magnitud de la insurrección de Saint Domingue, pero si les dio más aviso del barril de pólvora racial en el cual las colonias españolas descansaban y aseguraron continuar con la atención en la población de esclavos. Reforzaron la lealtad criolla a la corona, creyendo que los soldados españoles eran la única protección contra un posible malestar racial. Y fortalecieron la convicción de que la población de esclavos debía ser controlada.

En diferentes momentos del período colonial, legislaciones restrictivas habían sido introducidas para conseguir ese fin. Prominentes entre estas leyes estaba la prohibición de que los esclavos portaran armas incluso herramientas, creyendo que estas podrían ser usadas para atacar a los dueños. La reedición frecuente de estas leyes indica que tenían poco efecto, pero su apariencia también es una medida de continuar con el miedo; un barómetro del temor racial.

Las consecuencias de la rebelión de Saint Domingue y varios levantamientos locales consistió en que las autoridades respondieron de inmediato. En marzo de 1803, a los negros libres y esclavos en la Banda Oriental, les fue prohibido usar todo tipo de armas. En Venezuela, donde en los años recientes los dueños criollos se habían fuertemente opuesto a cualquier concesión a los negros y especialmente a la creciente población de pardos, las importaciones de esclavos de África fueron restringidas; y en un intento de aislar a los negros de cualquier tipo de armas, los criollos pidieron que los pardos no fueran aceptados en las unidades de milicia local.

A la luz de estos miedos y desarrollos, uno puede sorprenderse del hecho de que algunos oficiales de las colonias consideraran aceptar esclavos en su milicia.

La explicación de Peter Voelz por el cambio de actitud es que durante las guerras de independencia la situación se volvió “desesperada”. Esto fue ciertamente verdad, pero sólo constituía parte de la historia. Trazando una ruta a esa desesperada apuesta hay una historia de lazos entre la población negra y los militares que puede ser rastreada hasta la conquista. A principios del siglo 16, la mayor parte de la defensa de la región había sido provista por los conquistadores y sus criados, en un sistema de patrón semi feudal. Mientras que el mandato español se consolidaba, estas fuerzas eran suplementadas por un pequeño número de soldados comunes españoles estacionados en unos pocos lugares vitales, y por unidades de milicia traídos de varios sectores de la creciente población local. Con la introducción de milicias, el entrenamiento militar se volvió parte de la rutina de la vida colonial, generalmente ocurría los domingos en las plazas centrales de las ciudades prominentes.

Manteniendo una visión bastante idealista de la guerra, como también la jerarquía y el encuadre racista de la colonia, la preferencia era hacer soldados a aquellos que se consideraban leales y respetables. Esta restricción parecía limitar a los hombres descendientes de Europa del servicio militar, y se emitían regulaciones para mantener esa selectividad.

Sin embargo una creciente necesidad y realidades demográficas de las colonias produjeron una unidad militar creciente en número de no blancos. Prominentemente entre ellos había unidades de negros libres y mulatos. En Perú ellos operaban a través del período colonial, con negros libres dominando la milicia costera. Sus raíces esclavas los llevaron a ser cuestionados de su lealtad en algunas áreas, y en Venezuela, el creciente desagrado y temor por los pardos significaba que muchos se oponían a su reclutamiento.

Sin embargo un patrón fue instalado, y sus números se expandieron a final del período colonial, principalmente en respuesta a los contratiempos militares españoles por la Guerra de los Siete Años (1756-1763) y, particularmente, por la pérdida de la Habana ante las fuerzas Británicas en 1762. Un torbellino de reformas militares fue introducido para evitar futuros bochornos. Se construyeron fortificaciones y se fortificaron, se formalizó la estacionalidad de las tropas regulares españolas, el entrenamiento militar se intensificpo, y se introdujeron nuevas unidades militares generalmente compuestas por negros libres y mulatos fueron introducidos para reforzar a los regulares.

En los virreinatos de Nueva Granada, por ejemplo, los pardos se convirtieron en la milicia preferida, con batallones formados en Cartagena, Panamá, y otros lugares.  En Venezuela, a pesar de su continua desconfianza, los nuevos grupos militares incluían regimientos de negros libres y mulatos. En Perú las unidades de milicia mulata jugaron un rol muy importante aplastando la rebelión Túpac Amaru. En Buenos Aires, los negros libres componían un 10% de la milicia de 1.600 hombres de la ciudad hacia el año 1801 sirviendo en batallones de “castas” (no blancos) que incluía unidades de indios, negros y pardos.

En otras partes del virreinato del sur, Montevideo tenía compañías de pardos libres y negros libres en la artillería y en los granaderos, y Córdoba tenía dos compañías de pardos.

Para dirigirse a las reiteradas preocupaciones de enrolar a los negros, especialmente a aquellas preguntas acerca de su lealtad que se levantaban frecuentemente después de  la revolución de Haití, se ponían en lugar controles. Por ejemplo, los comandantes de los regimientos negros debían ser blancos, una restricción en Venezuela que era extendida a todos los rangos por encima de capitán.

Sin embargo, negros libres y mulatos se ofrecían, y en números más grandes que los blancos, en parte debido a que otras profesiones“respetables” les eran negadas. También les atraía los privilegios que venían con el servicio militar, tales como el fuero militar que les daba acceso a su sistema judicial propio, acceso a pensiones, y otros beneficios, como la exención de ciertos impuestos, tasas de trabajo y pago de tributos.

Otra atracción era la posibilidad de movilidad social que venía con la promoción a través de rangos. Muchos negros se convirtieron en oficiales no comisionados, mientras que muchos alcanzaron el rango de oficiales. De hecho parecía no haber límite en que tan alto uno podía llegar, excepto en Venezuela. Como resultado la militancia se volvió una profesión con un definitivo vínculo negro, de forma que en algunas partes de las colonias la vista de negros con uniforme portando armas e incluso comandando unidades era común.

Este reclutamiento de negros libres y pardos ayudó a preparar el terreno para una eventual consideración de esclavos como soldados. Tal como Matt Childs escribió, reclutar  los negros y a los pardos en la milicia “militaba contra la subordinación militar que la sociedad esclava demandaba”. Otros factores hicieron esto posible, ya que a pesar de los profundos temores y prohibiciones, los esclavos no habían sido completamente cortados de la historia militar colonial. De hecho, habían estado involucrados desde el comienzo del mandato Español.

Durante el período de conquista, habían sido parte de la armada de los conquistadores y lucharon junto a ellos para establecer el dominio español. Después habían participado para asegurar el dominio español en la región y subsecuentemente ayudaron a defenderlo de invasiones extranjeras. También habían ayudado a llenar el número de roles casi militares como servir en barcos militares y atrapadores de esclavos. En el siglo 18, aparecieron en registros militares en otras áreas, aunque no está claro si realizaban roles de combate.

En los años 1760´ fueron utilizados como un soporte auxiliar de batallones para las fuerzas cubanas, como también en la sección de munición y almacenamiento de artillería, como navegantes de la marina y remadores transportando suministros.

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Al mismo tiempo, los españoles en Cuba “empleaban tanto a africanos libres como esclavizados en defensas locales como militantes en ciudades y plantaciones, como centinelas costeros incluso como marineros en patrullajes en bote locales”. Esto, en ocasiones, involucraba que portaran armas. La creación de unidades militares negras también creaba la oportunidad para esclavos. Algunos que estaban en la milicia eran esclavos que hacían el servicio militar en lugar de sus dueños, otros eran escapados reclamando ser libres, y algunos eran esclavos que habían sido donados a la corona.

Por lo tanto, a pesar de los temores y las restricciones, los esclavos proveían servicio militar durante la era colonial. Y mientras que la prohibición a los esclavos de portar armas pudo haber sido levantada una vez más después de los eventos de Haití, esto probó ser de todo menos rígido.

Los eventos mostraron  que circunstancias excepcionales podían debilitar aún las aptitudes más fuertes. Realidades pragmáticas podían forzar a los oficiales y a los élites a tomar decisiones radicales y, para muchos, no populares. Prominente entre estas estaban las amenazas militares, las cuales en ocasión llevaban a la movilización de virtualmente toda la población local, incluyendo a esclavos.

Por ejemplo, los esclavos, fueron llamados para servir en la no exitosa defensa de La Habana en 1769. Un caso más fuerte ocurrió en 1806 y 1807, poco después del estallido de las luchas por la independencia, cuando las fuerzas inglesas invadieron el virreinato del Río de la Plata.

Un pie de nota en las guerras Napoleónicas, estas invasiones involucraban el arribo de varios miles de tropas inglesas en el virreinato. En el medio de la crisis, las autoridades en Buenos Aires y Montevideo decidieron armar a los esclavos, a pesar del recelo de que pudieran unirse al bando enemigo. En Buenos Aires, 688 se ofrecieron para luchar. Sirvieron en conjunto a negros libres y pardos, y jugaron un rol importante en derrotar a los invasores. Llevando cuchillos y lanzas mostraron un “coraje y lealtad que sorprendió a aquellos que dudaron en armarlos”.

De acuerdo con las prácticas aceptadas, todos aquellos que se distinguieran en la lucha se les recompensarían con la libertad. Sin embargo, seguido a la victoria, dos loterías fueron llevadas a cabo, y sólo a 17 esclavos les fueron otorgados con su recompensa, y sus dueños recibieron una compensación. Ninguno pareció haber desafiado la promesa rota; algunos de los esclavos que lucharon permanecieron en las fuerzas armadas, tal vez en un anticipo de futuras emancipaciones, y un número de aquellos que habían sido liberados también decidieron continuar en servicio.

Aun así, a pesar de este precedente y firme evidencia de que el reclutamiento de esclavos podía no llevar al baño de sangre del ‘estilo Haití’, no hubo un cambio dramático en la actitud en cuanto a armar a los esclavos. Su uso como soldados en el Río de la Plata no alteró las realidades fundamentales. La falla en honrar la promesa de liberar a los combatientes ciertamente demostró que la visión de los esclavos no había cambiado: Continuaban siendo propiedad, no ciudadanos. Podían ser llamados si se los necesitaban y después devueltos a la esclavitud. El deseo de no enajenar a los esclavistas y socavar el sistema de esclavitud permaneció constante, especialmente con la virtual terminación de las importaciones de esclavos y el incremento del precio de estos.

Tal vez la única lección importante de las invasiones inglesas fue que la defensa del Estado ya no era percibida como “un honor y privilegio exclusivo de los hombres libres”.

Pero, al mismo tiempo, las autoridades y los esclavistas pueden haber acertado al preguntarse por la lealtad de los esclavos. La defensa del Río de la Plata indicó un tipo de sentido patriótico, pero ¿era lealtad a España, al rey, o a los líderes locales? ¿Qué pudo haber servido para levantarlos y movilizarlos?

Marixa Lasso propone que el ejemplo de Haití pudo haber provocado a los americanos españoles negros a apoyar el bando republicano durante las guerras de la independencia, con la esperanza de conseguir cambios similares.

Esto puede haber sido verdad, pero falla en responder las diferentes respuestas de los esclavos una vez que las luchas por la independencia comenzaron. A primera vista parecen haber tenido poca razón para apoyar a la corona que estaba detrás de la esclavitud, pero al mismo tiempo tenían poco amor por los criollos que habían sido sus maestros.

Había algo de apreciación, y quizá compromiso pero, probablemente, no de aquellos que habían llegado recientemente de África. Lo único que los pudo haber hecho levantarse y ganarse su confianza era la oferta de la libertad personal, como el ejemplo de Buenos Aires lo indica.

Lo que quería era la oportunidad de ser libres. Hasta 1810 eso parecía una pobre esperanza, pero en ese año la situación cambió dramáticamente. La guerra había comenzado, y de repente las comodidades coloniales más valiosas se convirtieron en su soldadesca.

Los esclavos fueron reclutados en ejércitos opuestos en varias formas y participaron en varias actividades una vez obtenían su rango. En el caso de los virreinatos del norte de Nueva Granada, la causa de la monarquía inicialmente probó ser más atractiva, mientras que el creciente conflicto también proveyó una oportunidad para aquellos en Venezuela para levantarse en una rebelión anti patriótica que permaneció como telón de fondo a principio de la lucha.

En contraste, los virreinatos del sur, el gobierno de los criollos de Buenos Aires fue exitoso en atraer esclavos a sus filas militares a través de un exitoso programa de reclutamiento. La confianza de los patriotas en los esclavos era demostrada por el prominente rol de los negros en el ejército que José de San Martín organizaba al oeste de Argentina, a comienzos de 1815, con el propósito de invadir Chile.

Esa misma confianza también se desarrollaba en Venezuela ya que la causa patriota bajo Simón Bolívar comenzó a ganar terreno  después de 1816. Sus éxitos en el campo de batalla sirvieron para atraer más y más voluntarios esclavos, algunos eran ex soldados de la realeza, aunque muchos más continuaban siendo asegurados a través del reclutamiento forzado de un tipo o del otro.
Sin embargo con su asistencia, Bolívar finalmente liberó la región del norte.

De igual manera, el mayormente ejército negro de San Martín derrotó a las fuerzas reales en Chile, pero sus esfuerzos en reclutar a esclavos locales para su pendiente invasión a Perú no tuvo tanto éxito ya que los dueños se mostraron sin voluntad de acceder al pedido del general argentino. Esa misma reserva también fue evidente una vez que llegó a Perú en 1920.

Sin embargo, y en otros lados, los programas de reclutamiento fueron introducidos y los esclavos asegurados, continuando con su rol mientras las guerras de la independencia llegaban a su fin.
Miles de esclavos habían sido reclutados, y sus esfuerzos para enlistarse fueron una señal de cuán fuertemente los esclavos buscaban su libertad personal que era ofrecida a través del servicio militar. Pero los ex esclavos también querían disfrutar su libertad, y muchos buscaron limitar su servicio militar una vez que descubrieron las dificultades que provocaba la vida militar.

La respuesta fue un indicador de que los esclavos despertaban sensibilidades y las formas en que las guerras de la independencia habían debilitado los tradicionales sistemas de control de esclavitud.

Un incremento del activismo fue evidente entre la población de mujeres esclavas también. Sus lazos con los soldados negros proveían formas de mejorar su situación, y más adelante desafiar el sistema de esclavitud.

Pero, mientras que las disrupciones de las guerras y las actividades de los esclavos hicieron mucho para debilitar a la esclavitud e iniciar el proceso de abolirla, el periodo de post independencia encontró a los ex esclavos soldados incapaces de conseguir ese noble propósito.

Ellos estaban muy divididos, sus dueños eran muy poderosos, y la esclavitud resultaba muy importante para desaparecer por el momento. Los esclavos habían ayudado a liberar a su país del mandato español, pero no fueron capaces de destruir el sistema que mantuvo a muchos de sus  familiares y amigos en la esclavitud.

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