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El impacto nefasto de las redes sociales en el cerebro y la conciencia (I)

La distracción constante de las redes sociales nos impide pensar de manera profunda y creativa, la realidad virtual nos aleja de nuestra esencia y nuestro propósito. ¿Qué hacer?

Por: Juan Sebastián Hoyos Montes | Abril 18, 2018.

www.las2orillas.co/el-impacto-nefasto-de-las-redes-sociales-en-el-cerebro-y-en-la-conciencia/

Asistí hace un par de semanas a una conferencia fascinante titulada “La rebelión de la información”, dictada por Víctor Mayo Swami Shivananda, instructor de la Escuela Valores Divinos. El contenido de la charla está basado, principalmente, en las enseñanzas de la Madre Shaktiananda y del Mahavatar Babaji.

Swami Shivananda habló sobre el impacto que genera en las personas el contacto constante con el mundo virtual y las redes sociales, y cómo dicho impacto afecta de manera negativa el desarrollo espiritual. Esto es preocupante si tenemos en cuenta que, tal como lo señalan maestros espirituales de las tradiciones más variadas desde hace miles de años, el desarrollo espiritual es el propósito por el cual vinimos a esta tierra. No vinimos a ser populares. Ni a hacer dinero. Vinimos a trabajar en la evolución de la conciencia. No hacerlo es desperdiciar la vida.

La realidad virtual que hemos creado es muy nociva para el desarrollo del potencial del ser humano y para el cumplimiento de su propósito por varias razones. Veamos.

 

Según varios científicos, pensadores y académicos, como Sean Parker, antiguo directivo de Facebook, las redes sociales le están causando un daño inmenso a los cerebros de las personas, sobre todo a niños y jóvenes, cuyo cerebro está en formación. Esto es así porque la distracción constante que generan las redes sociales impide a nuestras mentes pensar de manera profunda y creativa y fortalecer las redes neuronales que conducen a ello. Pasar tiempo en las redes, en últimas, genera un cortocircuito con la conciencia y reconfigura nuestros cerebros con consecuencias neurológicas graves.

Cuando estamos conectados a una red social, se activa la parte frontal de nuestro cerebro. Cuando leemos o escribimos, se activan las zonas medias y parietales. Cuando meditamos y generamos conexión con el mundo interno, se activa el occipital y el lóbulo anterior derecho. Entre más activemos el occipital y la región anterior, más activamos la conciencia. Pero el uso de la realidad virtual nos aleja de las zonas de desarrollo de conciencia porque estimula otras regiones del cerebro.

Como decía Don Juan, en los libros de Carlos Castaneda, “el estatus es la peor enfermedad para el alma”. Las redes sociales explotan nuestra necesidad de estatus social: necesidad de reconocimiento, de validación, de afirmación del ego. Necesidad de ser aceptados, de ser queridos, de pertenecer a algo. De importarle a alguien. Algunos de los fundadores de las redes sociales señalan que éstas capitalizan sin piedad las vulnerabilidades y las zonas oscuras de la psicología humana. Muchos de ellos son hoy objetores de conciencia de lo que crearon y le impiden a sus hijos menores conectarse a estas redes y usar tecnología.

Con las redes sociales, es más importante el estatus que la experiencia misma. Por eso, antes que ver, vivir y saborear el momento presente, tomamos fotos para colgarlas y compartirlas. Esto potencializa el ego (disolver el ego, domarlo, es tarea principal de cualquier sendero espiritual) y nos impide estar absortos y gozar el momento presente de manera atenta porque estamos pensando en las reacciones de la gente que nos verá en las redes y no en la vivencia misma.

Decía Stephen Hawking antes de morir que lo que más le preocupaba del futuro de la humanidad era la inteligencia artificial. Con las redes sociales, regalamos nuestros datos y nuestra intimidad. Estos datos son comprados por agencias y empresas que, luego, con el uso de la inteligencia artificial, anticipan nuestras tendencias y nos manipulan a su gusto, explotando nuestros temores y anhelos más profundos. El ejemplo de Cambridge Analytica y las elecciones en EEUU con 80 millones de personas manipuladas es alarmante. El Internet capta nuestras tendencias y busca que las repliquemos. La inteligencia artificial, alimentada por nuestros comportamientos en las redes sociales, puede ayudar a sumirnos en nuestros vicios, patrones y obsesiones. Pensemos en el consumismo, en la pornografía o en la creación de necesidades superficiales, por nombrar sólo algunos.

Las redes sociales generan adicción. Esto es así por la dopamina que producimos cuando alguien nos pone un “like” o replica lo que colgamos. Eso hace que nos sintamos populares, reconocidos y valiosos. Con ello, entramos en un ciclo adictivo de dopamina. Se trata de un circuito cerrado que se autoalimenta y esto hace que sea muy difícil salir o querer salir de ahí. El placer que produce esa dopamina en nuestro organismo es irresistible. Y adictivo.

Las redes sociales consumen nuestro tiempo, nuestra energía y nuestra atención. Nos dejan muy poco tiempo para meditar, para cultivar nuestro mundo interno. Para estar en la naturaleza. Todo el tiempo estamos exacerbados. Estimulados. Entretenidos. Distraídos. Y el problema es que cuando miramos hacia afuera, no miramos hacia dentro, y mirar hacia adentro es de lo que se trata el desarrollo espiritual. Las redes sociales son, en últimas, juegos de distracción para que no miremos hacia adentro.

La situación es preocupante. ¿Qué se puede hacer? En la próxima columna, compartiré algunas sugerencias y reflexiones que expuso Swami Shivananda en su conferencia. El mundo de la educación, entre otros, tiene que empezar a preocuparse por estos temas para que nuestros cerebros y los de nuestros hijos y estudiantes no pierdan su potencial  por estar conectados a una realidad que nos está atrofiando. Una realidad que nos hace desperdiciar nuestra existencia y el milagro mismo de la vida.

 

 

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