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Argentina: Delincuentes y legítima defensa, El falso discurso de los DD.HH.

Texto: United Press International - Argentina

Todos tenemos derecho a defendernos ante un acto de delincuencia del cual somos víctimas y nadie puede culparnos por ello. Partamos de esto como base.

Sin embargo, resulta necesario conocer algunas cuestiones de índole legal para así derrumbar el falso discurso de la derecha, que aspira a verdaderas ejecuciones sumarias y que intencionalmente, y con mala fe, introduce el concepto de los derechos humanos para sacarlo de su verdadero contexto y asociarlo a una supuesta protección excesiva de la delincuencia en desmedro de los ciudadanos honestos.

En primer término, cabe reiterar, defenderse de un ataque injusto resulta algo totalmente justificado y amparado incluso en la ley de todos los países. A nadie se le obliga a permanecer quieto mientras se es agredido o despojado de sus bienes.

Si usted mata a una persona de forma intencional indudablemente será condenado por homicidio. Y si usted mata a alguien de manera casual también será condenado, pero con una pena menos dura y tomando en cuenta que no fue intencional sino fruto de un actuar negligente o culposo de su parte.

 

Usted no quería matar a esa persona pero la mató, por ejemplo, la atropelló con su auto cuando el peatón cruzó intempestivamente a mitad de cuadra.

Obviamente el homicidio intencional (doloso), no puede tener la misma condena que aquel crimen que es consecuencia de la casualidad. Y eso es algo bastante lógico y no requiere grandes estudios de derecho para resultar comprensible para todos.

Ahora, con respecto a la legítima defensa sucede algo parecido, pero es necesario, en primer término, saber qué es legalmente la legítima defensa para así avanzar en el análisis desde un punto de partida claro.

La ley dice que no será castigado aquel que se defienda razonablemente de un ataque injustificado.

Si una noche usted escucha ruidos en su casa y al levantarse a ver qué sucede se encuentra con dos tipos robando, la ley permite que usted se defienda de esa agresión. Usted tiene derecho a protegerse y a proteger a los suyos y si eso termina con la muerte de alguno de los delincuentes la ley lo exime del castigo que normalmente correspondería a un homicidio. Hasta aquí todo resulta lógico.

Pero la legítima defensa tiene determinados requisitos para que se configure y, en consecuencia, usted no sea castigado.

En primer término, debe estar frente a una agresión ilegítima, lo que ocurriría siempre en el contexto de un hecho delictivo. También debe existir una falta de provocación suficiente por parte del que se defiende. Es decir, no existe legítima defensa cuando se está en una pelea que los dos involucrados han iniciado.

Y por último, debe existir cierta racionalidad en el medio empleado para defenderse. Esto muchas veces es mal entendido o mal informado por los propios medios de comunicación.

La racionalidad significa, por ejemplo, que si usted, varón de 40 años, 1.75 metros y 95 kilos de peso, se encuentra con un adolescente de 13 años que no porta arma alguna robando al interior de su casa no lo puede matar a patadas. Esto es un exceso de la legítima defensa y debe ser castigado penalmente.

Pero el tema más complejo resulta a veces determinar cuándo termina el derecho a la legítima defensa que, por supuesto, debe ser contemporáneo al hecho delictivo y no posterior.

La legítima defensa, vale insistir, es un eximente de responsabilidad, es decir, que si usted comete un delito no será castigado pues existen circunstancias excepcionales que justifican su accionar incluso si de ello resulta una muerte.

Pero como el concepto lo señala, se trata de un acto de defensa y por ello es preciso determinar cuándo termina el ataque del cual usted está autorizado a defenderse.

Por ejemplo, si usted es víctima de un robo y luego del hecho los delincuentes emprenden la huida, usted ya no está siendo agredido por lo que si sale en su persecución y en ese marco mata a uno, ya no podrá invocar la legítima defensa pues usted ya no es atacado sino persecutor de quien le robó.

Claro, muchos podrán decir que no es justo perder el esfuerzo de años a manos de un par de ladrones y tendrá toda la razón, pero eso no lo autoriza a convertirse en un justiciero por mano propia.

Hace pocos meses en Argentina, un delincuente que huía en moto fue perseguido por sus víctimas en un auto con el cual lo embistieron e hicieron caer, dejándolo aprisionado contra un poste. Luego de eso las víctimas del robo se bajaron y junto a vecinos remataron al delincuente a patadas.

¿Se puede invocar entonces la legítima defensa?. No hay duda de que la respuesta es negativa y que se estará en presencia de un homicidio que merece ser sancionado como tal.

Por ello, cuando se dice que los derechos humanos de los delincuentes están por sobre los de las víctimas se comete un error o un acto de mala fe, por cuanto los derechos humanos pertenecen a la humanidad, a todos, incluidos los delincuentes que, ante sus acciones, deben ser detenidos, enjuiciados y encarcelados, de resultar culpables, pero no ejecutados sin proceso alguno y en plena calle.

El propósito de esta nota no es defender los actos delictivos, sino formular algunas precisiones ante noticias mal intencionadas provenientes de los medios hegemónicos y que sólo buscan la mano dura que, claro está, y como ya se ha comprobado, sólo es para los delincuentes pobres, pues los de cuello y corbata, o de uniforme, tienen sin duda alguna un tratamiento especial.

 

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